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martes, 19 de febrero de 2008

HUIPILES Y PANZAS VERDES







Las mujeres guatemaltecas tradicionales llevan faldas largas, de colores o negras con rayas, con un fajín en la cintura y los blusones que llaman huipiles. Los huipiles llevan bordados que varían según la población. Son un distintivo y seña de identidad. Algunas mujeres también levaban un tocado enrollado en la cabeza, a modo de turbante.

Fuimos caminando por una carretera de montaña con vistas al lago Atitlán, hasta llegar a Santa Catarina de Palopó. El pueblo estaba escalonado en una colina y era muy tranquilo. Las mujeres llevaban huipiles en los que predominaba el color azul eléctrico de fondo. Vimos varias mujeres tejiendo telas. Jugamos con los patojos, el apelativo cariñoso de los niños, y pregunté a las tejedoras cuánto tardaban en elaborar una tela. Las de más trabajo por el dibujo se hacían en dos meses, y las más sencillas en tres semanas.






Recordé una frase del libro de Rigoberta Menchú: "La mamá nunca se queda sentada en casa sin hacer nada. La mamá siempre está en constante oficio y si no tiene qué hacer tiene su tejido y si no tiene tejido, tiene otra cosa que hacer.” La vida misma.

Comimos pescado del lago, acompañado de guacamole. El guacamole era muy popular en el país hasta el punto de que los antigüeños se conocían por el apodo de "panzas verdes". Se llamaron así durante generaciones porque en tiempos difíciles durante la colonia, los terremotos y los desastres naturales se alimentaron básicamente de aguacates. Ser Panza Verde se transformó con el tiempo en señal de orgullo y de identidad. Como los huipiles. Y en estos tiempos de globalización, creo que siempre es bueno conservar, o por lo menos recordar, las señas de identidad.

 

 

© Copyright 2003 Nuria Millet Gallego

 

domingo, 17 de febrero de 2008

LOS VOLCANES DORMIDOS DE GUATEMALA




Guatemala es un país de volcanes. La bella ciudad de Antigua está rodeada de tres impresionantes volcanes: Agua, Fuego y Acatenango. El volcán Fuego se reconoce por su perenne penacho de humo.

Y la población de Santiago de Atitlán, al sur del lago del mismo nombre, está entre los volcanes Tolimán y San Pedro. El mismo lago de Atitlán, de superficie azul turquesa, está en el interior de un cono volcánico. Nos gustó la plaza central de Santiago, con su blanca iglesia frente al volcán, su enemigo. Cada vez que los fieles bajaban la escalinata semicircular de piedra, veían la imagen amenazadora del volcán dormido.




Nos alojamos en una posada con cabañas de piedra y madera con vistas al lago. La cena fue espléndida: lomitos asados al punto con papas y verduritas y bandeja de bocas con fríjoles, guacamoles, nachos de maiz y pan de ajo. Los dueños de la posada se acercaron a hablar con nosotros. Les preguntamos cómo vivieron la guerra civil, y contestaron que fueron tiempos difíciles. Ellos sobrevivieron alojando periodistas, escritores, miembros de organizaciones humanitarias y misioneros evangelistas.

La guerra civil guatemalteca tuvo lugar durante 36 años (!), de 1960 a 1996, y fue especialmente cruel y violenta con los indígenas, con los que se cometió un auténtico Genocidio. Lo describe Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, en su libro "Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia". Una lectura sobrecogedora. Formó parte de nuestro equipaje literario del viaje. Y comprobamos que la fuerza destructora de los volcanes, no es nada comparada con la fuerza destructora del hombre con sus semejantes. El hombre siempre será un lobo para el hombre. 
 
 
© Copyright 2003 Nuria Millet Gallego