Mostrando entradas con la etiqueta Egipto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Egipto. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de mayo de 2009

EL MONTE SINAÍ Y EL MONASTERIO DE SANTA CATALINA

 

En la Península del Sinaí fuimos a visitar el Monasterio de Santa Catalina. El paisaje era montañoso y muy árido, en algunos momentos parecía lunar. El Monasterio de Santa Catalina era una fortaleza amurallada, construida alrededor de la capilla original y tenía una basílica, además del monasterio. Las murallas eran altas, impresionantes. Había sido declarado Patrimonio de la Humanidad. 

El monasterio era un lugar sagrado y de peregrinación. Tenía una hospedería y estaba considerado una de las comunidades monásticas de actividad ininterrumpida más antiguas del mundo. Gran parte del recinto estaba cerrado al público. 


Entramos a través de una puerta no muy grande y visitamos la Iglesia de la Transfiguración del s. VI. Allí estaban enterrados los restos de Santa Catalina. Era una iglesia ortodoxa llena de iconos, había una exposición de ellos en el recinto, y lámparas colgantes. Vimos a algún monje ortodoxo, de largas barbas y túnica negra. Hablé con uno de ellos y me dijo que la comunidad la formaban 30 monjes y que él vivía allí hacía más de quince años. Tenía ganas de conversar y nos preguntó sobre nuestras vidas. 

Junto a la Iglesia estaba la zarza ardiente de Moisés, que crecía verde sobre un muro. Todos los peregrinos se hacían una foto tocando las ramas bajas de la zarza, que estaban más secas a fuerza de tocarlas.

El camino era de tierra y gravilla, ascendente y con escalones en el tramo final. Fuimos viendo el monasterio desde diferentes ángulos. Habíamos leído que el monte era muy ventoso, pero aquel día soplaba en rachas y se agradecía con el calor. Llegamos al lugar donde el profeta Elías oyó la voz de Dios, donde crecía un ciprés de más de 500 años de antigüedad, la única nota verde en aquel entorno árido. 

Poco antes de la cima paramos en un cobertizo con jarapas que vendía bebidas y snacks. Descansamos un rato, refrescó y hasta dormimos una breve siesta tapados con unas mantas que olían a camello.



A la una emprendimos el ascenso del Monte Sinaí. Había dos vías de ascensión: la Ruta de los Camellos y la Ruta del Arrepentimiento. La Ruta del Arrepentimiento tenía 3750 escalones, la abrió un monje como forma de penitencia. Como no teníamos interés en ser penitentes, escogimos caminar por la Ruta de los Camellos. También había la posibilidad de subir en camellos, que vimos por allí, con sus coloridas sillas.


En la cima había una iglesia cerrada y muy poca gente, apenas diez personas. Los que accedían de noche para ver la salida del sol dormían allí, muertos de frío sobre las rocas. Leímos que se agrupaban cientos de personas. El paisaje era de montañas rocosas. Nosotros contemplamos la puesta de sol en el Monte Sinaí, tranquilamente, envueltos en silencio. El disco solar se ocultó tras las áridas y bíblicas montañas, y estas perdieron su tonalidad dorada y se oscurecieron. 

La bajada en teoría era más fácil, pero se hizo eterna porque oscureció pronto. Llevábamos linterna, pero el terreno era irregular con muchas piedras, bajábamos deprisa y teníamos que fijarnos donde poníamos los pies. Era fácil derrapar con la gravilla. Tardamos una hora y media en bajar. Y llegamos al hotel con ganas de una ducha que nos quitara el polvo bíblico.








sábado, 23 de mayo de 2009

LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

 




Siempre me ha gustado buscar lugares míticos. Como la desaparecida Biblioteca de Alejandría, destruida por un incendio. La actual Biblioteca se inauguró en el 2002, y las guías la describían con la forma de "un disco gigante inclinado incrustado en el suelo, como un segundo sol que emerge del Mediterráneo". La estructura metálica le daba un aspecto plateado y delante tenía un gran estanque de agua azul intenso. Era toda luz. Tenía gran altura y el techo inclinado estaba formado por cientos de ventanas formando una enorme claraboya. Tenía capacidad para ocho millones de libros. Impresionaba.

En las mesas grupos de mujeres con velos de colores estudiaban con sus apuntes desplegados. Otras llevaban el velo islámico en su versión integrista, sin conceder tan sólo una ranura para los ojos, y usaban guantes negros mientras utilizaban ordenadores de pantalla plana. Todo un contraste. Tradición y modernidad.

 
 



© Copyright 2015 Nuria Millet Gallego

martes, 19 de mayo de 2009

EL ZORRO DEL DESIERTO BLANCO



 

El Desierto Blanco es una de las maravillas naturales del mundo. Es un Parque Nacional de 300 km2, al que se llega desde el oasis de Farafra. Por todas partes había grandes rocas redondeadas y con formas curiosas, de un blanco cegador. Es un tipo de roca calcárea, que en algunas zonas se desgajaba con facilidad. Parecían merengues espolvoreados de cacao. Lo visitamos con jeep, acompañados por Wael, el maestro del pueblo. Leímos que aquella zona había estado cubierta por el mar, y encontramos restos de corales y fragmentos de conchas nacaradas;, así que caminábamos sobre el fondo de un mar desaparecido hacía milenios.







 

Íbamos parando por el camino, donde nos resultaban más curiosas las formas de las rocas. Era fácil imaginar halcones, pájaros, perfiles de mujeres, un caballero con su yelmo, leones, una pequeña esfinge, una que llamaban el champiñón...

Mientras montábamos el campamento vimos las huellas en la arena de algún animal. Nos dijeron que eran pequeños zorros inofensivos. Dormimos al raso con mantas. De madrugada me desperté sintiendo un peso en los pies y vi un zorro a la luz de la luna.....sobre mi! Creo que los dos pegamos un salto simultáneamente. Eran dos zorros y los vimos rodear el campamento, buscando comida. Pero ni el sustillo del zorro estropeó la belleza del lugar.



© Copyright 2015 Nuria Millet Gallego

viernes, 15 de mayo de 2009

EL AGUJERO AZUL DEL MAR ROJO





Los corales formaban una pared vertical que se hundía en las profundidades del Mar Rojo. Allí se acumulaban peces de todos los tipos, tamaños y colores: peces naranjas, amarillos, rojos. plateados, con franjas negras, verdes y azulados.

Había corales ramificados y otros con forma de laberinto o cerebro, erizos con púas rojas, valvas azules y onduladas que se abrían como bocas hambrientas, anémonas rosadas como dedos buscadores...





Decían que el Mar Rojo era uno de los mejores lugares para practicar submarinismo, después de la Gran Barrera de Coral Australiana y de otras zonas del Caribe y del Índico. Habíamos probado en todos esos lugares y siempre era un espectáculo fascinante contemplar la vida submarina. Nos olvidábamos del tiempo en medio de aquel silencio y mecidos por el suave oleaje.


En Dahab, en la Península del Sinaí, buceamos con tubo y aletas, disfrutamos del mar y en las tumbonas de la playa, tomando zumos de limón, barracuda y calamares con tahina, la rica pasta de sésamo. Mientras, algún camello pasaba indiferente a nuestro lado con su paso cansino. Uno de los camellos había elegido un cartel indicador del lugar, como un instrumento para rascarse. Se frotaba contra el palo aliviando sus picores.

 
 
La zona llamada Blue Hole era conocida porque habían fallecido varios submarinistas, buscando el gran arco de coral que se abría al océano. Arriesgaban demasiado, se quedaban sin oxígeno, y entraban en narcosis sin advertirlo. Decían que la profundidad del agujero podía ser de 130 metros. Impresionaba encontrar en las rocas de la playa las lápidas de recuerdo de los jóvenes submarinistas. Y lo que más fascinaba es que fallecieron en la búsqueda de un sueño.
 
© Copyright 2015 Nuria Millet Gallego
 

domingo, 10 de mayo de 2009

LOS TEMPLOS DE ABU SIMBEL

Un convoy custodiado por la policía partió a las cuatro de la madrugada de Asuán, en total oscuridad.  Cuando empezó a clarear vimos un paisaje desértico, con montones de arena invadiendo el asfalto. La meta nos deslumbró. Abu Simbel estaba formado por dos templos junto al río Nilo: el Templo de Ramsés II y el Templo de Hator. 

Al construir la presa de Asuán trasladaron los templos desmontándolos pieza por pieza. Los trabajos duraron cinco años, desde 1963 a 1968. Por más que miramos los muros no entendíamos como había sido posible llevar a cabo aquella obra sin romper los bloques, y además no notamos el ensamblaje.



El Templo de Ramsés II estaba bajo una montaña arenosa artificial. El original fue Es uno de los seis hipogeos excavado en la roca que se edificaron en Nubia durante su reinado. La fachada tenía 33m de alto. Cuatro estatuas colosales del faraón custodiaban la entrada, como centinelas gigantescos. Las figuras eran de más de 20m de altura y resultaban imponentes. Leímos que la construcción del templo quería impresionar a los vecinos del sur y reforzar la influencia de la religión egipcia en la región.



Entramos en el recinto interior y en algunas estancias estuvimos totalmente solos. Aunque había grupos de turistas estaban dispersos escuchando las explicaciones de los guías y no había casi ningún viajero por libre. Primero encontramos la sala hipóstila, con ocho grandes columnas con estatuas, las del lado izquierdo llevaban la corona blanca del Alto Egipto, y las del otro lado tenían la corona doble del Alto y el Bajo Egipto. 

Había grabados de figuras en la piedra, jeroglíficos y relieves muy bien conservados. Pasamos a otra sala con cuatro columnas y el Santuario Sagrado dedicado a los cuatro faraones divinizados: Ramsés, Ra, Amón y Ptah. La fotografía en el interior de los templos no estaba permitida.


Foto cortesía de Google

El Templo de Hator estaba cercano. Su fachada tallada en la roca tenía seis estatuas de 10m de altura, que representaban a Ramsés y Nefertiti de pie, con sus hijos. Dos hombres con chilabas blancas y turbantes eran los guardianes del templo, y nos dejaron fotografiar la gran llave con forma de ank, el símbolo del viento. 

En el recinto interior del templo estuvimos casi solos, había columnas con unos capiteles curiosos, con la forma bovina de Hator, como si fuera una peluca. Los templos de Abu Simbel eran de gran interés arqueológico, impresionantes, otra de las maravillas del viaje a Egipto.








Sobre una colina había una garita con una policía vigilando los alrededores. El último atentado terrorista fue a principios de 2009 y estábamos a 50km de la frontera con Sudán. Vimos el gran lago Nasser y la Presa de Asuán. Luego embarcamos para ir a la isla de Philae.


viernes, 8 de mayo de 2009

EL BAÑO DE CLEOPATRA Y EL FUTURO

 
 
 

Imaginaos el baño de Cleopatra: una gran piscina de piedra circular con agua cristalina de manantial, rodeada de palmeras que se reflejan en la verde superficie.
Llegamos hasta allí en taxi-burro, un carromato cubierto con un toldillo y asientos laterales, desde el oasis de Siwa. No podía negarse que era un transporte tranquilo y ecológico.

Y en aquella agua verdosa y fresca me sumergí, sintiendo la caricia de las algas que crecían en el fondo. Fuera leyenda o no, el lugar era un rincón idílico, digno de una reina.

Pero Cleopatra, la soberana que intentó afirmar la independencia de Egipto ante Roma, representa el pasado. Creí ver el presente y el futuro en todas aquellas estudiantes reunidas en la explanada ante la Biblioteca de Alejandría. Y aunque la tradición del velo negro se mantenga, es una pincelada en el presente. El futuro de Egipto se viste de colores claros. Ellas son el futuro.


 
 
 
©Copyright 2015 Nuria Millet Gallego