Desde Flores fuimos en bus, en un trayecto de una hora, hasta Tikal. El Parque Nacional de Tikal y sus ruinas mayas del año 700 d.C. eran Patrimonio de la Humanidad. Las ruinas estaban en medio de la selva, rodeadas de verde vegetación. Algunos templos todavía estaban envueltos de vegetación, formando colinas en las que habían crecido árboles con raíces retorcidas y con hojarasca. Así estaban cuando las descubrieron después de varios siglos de estar ocultas.
Se oían los sonidos del canto de aves y los monos aulladores. Los monos quebraban las ramas al saltar y hacía caer las hojas. A nuestro paso por los caminos solitarios oímos los crujidos por todas partes.
Para seguir el recorrido por las ruinas utilizamos el mapa de la guía de Lonely Planet. Leímos que para visitar todos los complejos principales era necesario andar unos 10km mínimo; los superamos con creces. Llevamos las mochilas pequeñas provistas de agua, cacahuetes y galletas saladas. El día amaneció húmedo y nublado, aunque lució el sol unas horas.
Fuimos directos a
la Gran Plaza, impresionante con dos grandes templos frente a frente, y
varias estructuras laterales. Pasamos por el Templo 38, medio enterrado en una
colina, que fue la primera que subimos. El Templo I era conocido como el
Templo del Gran Jaguar, y fue construido en honor del rey Luna Doble
Peine (curioso nombre), que estaba enterrado en él. Su construcción databa del
año 734. Leímos que entre los presentes funerarios sepultados con el rey, había
diversas espinas del pescado pastinaca, utilizadas habitualmente para punciones
rituales con derramamiento de sangre, 180 objetos de jade, perlas y 90 clases
de hueso con jeroglíficos grabados. Sus escaleras estaban cerradas por motivos
de seguridad.
Frente a él estaba el Templo II, también llamado Templo de las Máscaras, con una altura de 38 metros. Fue el primero que subimos, trepando por sus altos escalones de piedra desgastada. Viendo la estatura de los guatemaltecos actuales, no pude evitar pensar en lo difícil que resultaría para un maya llegar a la cúspide, y más cargando pesos. Desde arriba contemplamos la panorámica de la plaza, despejada de vegetación, y las copas de los árboles de alrededor.
Las estructuras laterales de la plaza recibían el nombre de Acrópolis Norte. Entre ella había dos enormes caretas de la pared, protegidas de las lluvias por unos tejadillos de cañas. La piedra estaba estaba muye desgastada y apenas distinguíamos el detalle de una oreja o el penacho de la cabeza.
Seguimos el
recorrido por la Acrópolis Central, que era un conjunto de patios y
pequeñas salas como capillas. Pudo haber sido un Palacio en el que residió una
familia de la nobleza de Tikal.
Cercano estaba el Templo V, con las escaleras restauradas con piedra más blanca. La restauración había sido con cooperación de arqueólogos españoles. La subida no estaba permitida. En otros templos vimos un aviso que advertía: “Sube por su cuenta y riesgo”.
Continuamos con la Plaza de los Siete Templos, y el Mundo Perdido con una pirámide central de 32m de alto. Subimos hasta la cima, que no estaba rematada por ninguna cresta, como la del Templo I.
El Templo IV
de 64m, era el más alto de Tikal y el segundo de toda la América precolombina tras el Tigre en el Mirador
en Guatemala. También culminamos la ascensión, conscientes de las agujetas que
tendríamos al día siguiente. Después vimos varios complejos con nombre de
letras: O, Q, R…Recuerdo especialmente el complejo Q porque lo dibujé sentada
en la hierba, y porque frente a la pirámide tenía estelas y altares circulares.
Dejamos para el final el Templo VI, o Templo de las inscripciones, que estaba más alejado. Después de descansar en la hierba y comer algo en la Gran Plaza emprendimos el camino de vuelta. Estábamos solos y vimos pavos reales de cola azul eléctrico y ardillas de larga cola empinada, que huían a nuestro paso. La luz del día se atenuaba y las pirámides imponían su presencia. Los bloques de piedra estaban ennegrecidos por los años y las lluvias. Algunos tenían musgo verde. Impresionaba pensar que en todas aquellas ruinas había vivido hasta cien mil personas, en unos 30km2, y que era un misterio el declive de la civilización maya.
Nos descalzamos
para sentir la hierba y nos dejamos envolver por el canto de las aves y el
concierto de gritos y rugidos de los monos aulladores, los verdaderos
habitantes en la actualidad de la ciudad maya.